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La Gata Luna

La Gata Luna es una historia profunda y tierna sobre la adopción, el amor incondicional y los miedos que surgen al formar una familia diferente. Una noche de tormenta, Luna, una gata negra, prudente y solitaria, encuentra a tres patitos perdidos que tiemblan bajo la lluvia. Aunque su corazón se conmueve, también siente dudas:

¿Seré capaz de protegerlos?
¿Podré amarlos sin olvidar que no nacieron de mí?
¿Estoy lista para ser su hogar?

Aun así, decide abrirles la puerta de su vida. Cada patito atraviesa su propio conflicto emocional: Paco lucha entre la rebeldía y el miedo; Ducky vive el dolor silencioso de haber perdido a su madre; y Kiko, el más pequeño, busca un lugar donde sentirse seguro. Mientras tanto, la granja observa, murmura y juzga. La vaca duda, el burro critica y la gallina se burla. Cada voz representa los prejuicios que muchas familias adoptivas enfrentan:

¿Puede una gata criar patitos?
¿Es una familia de verdad?

Además, aparecen las ratas, símbolo de los peligros emocionales y reales que rodean a los más vulnerables. Luna enfrenta todo: protege y defiende. Así descubre que el amor adoptivo no nace del parecido, sino de la decisión de quedarse. Este cuento invita a niños, padres y educadores a hablar sobre adopción, pertenencia e inclusión desde la ternura, recordando que madre es quien cuida, quien protege y quien nunca abandona.

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Los símbolos

Cada personaje, lugar y situación funciona como un símbolo diseñado para ayudar a los niños a comprender el mundo que los rodea.​ Los adultos pueden aprovechar estas herramientas narrativas para enseñar a sus hijos valiosas lecciones sobre la vida.
 

​Símbolos del cuento

  • La tormenta — Crisis y cambios inesperados

  • La casa de Luna — Refugio y seguridad emocional

  • Los patitos perdidos — Vulnerabilidad y adopción

  • Los gatitos de Luna — Celos y adaptación familiar

Símbolos de los personajes

Lectura psicológica para Padres y Educadores

Texto por: Patricia Feldman
Psicóloga, Psicoanalista con orientación Transpersonal
Formada en Budismo

Este cuento nos muestra la posibilidad de ver a un familiar o ser querido cercano sufriendo una depresión, una adicción o un padecimiento incapacitante, y nos alienta a la esperanza de saber que, con amor y cuidados acertados, es posible recuperar la salud y el bienestar.

La ayuda que puede ofrecer un psicólogo infantil o de familia a un niño en esta situación es fundamental, acompañando y cumpliendo un rol profundamente protector durante esa etapa. Su trabajo apunta a cuidar el desarrollo emocional del niño en un contexto que no eligió y que puede ser muy confuso o doloroso.

¿De qué manera? Poniendo palabras a lo que el niño vive, es decir, haciendo psicoeducación, por supuesto adaptada a su edad. El niño suele pensar cosas como que es su culpa, que si se porta bien el papá se va a curar, o puede creer que no se puede hablar del tema, etc.

El psicólogo lo ayuda a entender, con lenguaje simple y sin estigmatizar, que la depresión o la adicción son enfermedades, no decisiones morales; que no es su responsabilidad ni puede “salvar” al adulto; y que puede amar al familiar y, al mismo tiempo, sentirse enojado, triste o cansado.

Esto reduce culpa, ansiedad y fantasías dañinas, y al mismo tiempo lo previene de sobreadaptarse o de acelerar su natural proceso de crecimiento y de infancia.

El psicólogo del niño ofrece, en este caso, un espacio seguro donde sí se pueda hablar. Suele suceder y es muy común que en muchas familias se niegue el problema, se minimice o se viva como un secreto. Entonces, el niño podrá decir lo que piensa sin temor a incomodar a los adultos; podrá expresar miedos, vergüenza, enojos y tristeza. Ser escuchado sin ser corregido ya es, en sí mismo, terapéutico.

Muchas veces, allí donde en la infancia los padres se han visto complicados por algunas de estas enfermedades, los niños asumen roles compensatorios y de sobreadaptación: se comportan como pequeños adultos hiperresponsables, se convierten en mediadores emocionales, en el consuelo o cuidadores de sus padres, o en niños que “no molestan”.

Entonces, los psicólogos de familia o infantiles trabajamos para devolverles a los menores su lugar de niños, ayudándolos a poner límites internos, sabiendo qué les corresponde y qué no, previniendo las consecuencias de dichas conductas, como la culpa patológica o un fuerte sentido del deber.

Un familiar con depresión grave o adicción genera inestabilidad e inseguridad en el niño: actúa de manera cambiante, tiene cambios de humor repentinos, promete cosas que no cumple y genera situaciones impredecibles e inesperadas.

Es muy importante enseñarle herramientas al niño para que pueda lidiar con ello. En primer lugar, que reconozca lo que eso le genera, tanto en el cuerpo como en sus emociones, como sentimientos de angustia o miedo, y sobre todo que pueda diferenciar lo que siente él de lo que siente el adulto. Esto es prevención del trauma, no solo acompañamiento.


Es fundamental trabajar el vínculo con el adulto para que el niño ni lo idealice ni lo demonice. Es decir, que no se exija entender todo lo que le pasa al adulto, ni justifique lo injustificable, ni se obligue a sentir compasión como lo haría un adulto; sino que pueda amar sin confundirse, pudiendo tomar distancia cuando haga falta y construyendo una imagen realista del familiar, sin culpa.

En cuanto a cómo ayudar y acompañar a los adultos que rodean al niño, un buen psicólogo infantil también orienta a padres, cuidadores o referentes sanos, ayudando a decidir qué decir y qué no según la edad. Además, interviene si hay silencios, sobreexposición o violencia emocional, ya que el niño puede lidiar y elaborar mejor la situación cuando el entorno se ordena un poco.

¿Cuáles podrían ser señales de alarma que debemos tener en cuenta? Si el niño presenta regresiones por ejemplo, volver a mojar la cama o regresar al chupete, miedo a la separación que ya estaba superado, dificultades en la escuela, cambios bruscos de humor, síntomas somáticos como dolores de estómago, insomnio, tristeza persistente o conductas de hipercontrol. Hay que actuar antes de que esto se instale.

En definitiva, el rol del terapeuta es ayudar al niño a sostener y proteger su subjetividad, darle lugar a su sentir y a su expresión, ayudarle a entender que no es responsable de lo que le pasa al adulto y sembrarle recursos que le servirán toda la vida.

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Mensaje de la autora

La Gata Luna nació como una reflexión sobre la adopción y las familias que se construyen desde el amor y la elección. A través de Luna y los patitos, el cuento muestra que formar una familia adoptiva implica miedos, adaptación y aprendizaje para todos, pero también enseña que el amor verdadero se construye con paciencia, cuidado y la decisión de permanecer juntos.

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Martha Sáenz. Cuentos de mi Abuelita © 2026. Todos los derechos reservados.

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